Muy buenas a todos/as.
Durante una salida nocturna me encontré con una cruz. Una cruz deteriorada de aspecto pobre, fabricada con tubería oxidada, sujeta con alambres y clavada en un bloque de hormigón que daba la sensación de no aguantar ni un simple golpe de viento, pero que lo llevaba haciendo durante más de 50 años.

Si me pongo a imaginar… Imagino que cuando la subieron a hombros por el empinado y duro camino pedregoso del monte, lo hacían con una grandísima ilusión, sin importar el aspecto que podía tener, lo único que les importaría sería el hecho de dejar una muestra de su amor hacia ‘algo’ en ese punto en concreto. Y me imagino que si hoy mismo es visitada por una de esas personas, sentirá ese mismo cariño y amor por lo que hizo y vivió. La mirará orgulloso, por lo que significa, por como se sintió al verla impasible durante tantos años en lo alto de aquella loma. La observará probablemente con nostalgia, recordando los viajes tan duros que tuvo que hacer cargando los materiales a hombros pero que seguro, segurísimo, soltará la lagrimita cuando, cerrando los ojos, recuerde tantos y tantos buenos momentos que vivió junto a ella, olvidando cada gota de sudor derramada y dibujado una sonrisa infinita al rememorar lo que le aportó a su vida.  Y es que, al fin y al cabo, un pedacito de la vida de ese hombre se quedó allí para siempre, al cobijo de esa (Ahora) desvencijada cruz, haga viento, llueva o truene.

Que bonito es cerrar los ojos e imaginar, pero lo es mucho más cerrarlos y recordar. Dejar que cada uno de esos momentos vividos te atrape y poder verlos, tocarlos, olerlos, sentirlos… Y es que, aunque a veces se empañen por las lagrimas… No los cambio por nada.

DSC3317_00005“Alone”
Exif: Nikon D610 – f/2.8 – 30 segundos- ISO1600 – 2900K – 14mm – Samyang 14mm

Un saludo a todos.