La nocturna más dura

¡Muy buenas jóvenes!
Hace unas semanas hubo un temporal bastante importante en Murcia (Incluso nevó en mi ciudad, Cartagena, después de… ¡78 años!). Así que, pese a que en Sierra Espuña es habitual que nieve todos los años en las cotas más altas, me fui para allá con Pablo a fotografiar los pozos, una de las localizaciones por las que tengo mayor debilidad por el entorno en el que se encuentran. Habían pasado unos 7 días desde la gran nevada e incluso tenía cierto miedo a subir a la sierra y que apenas quedase alguna zona virgen y limpia… No imaginaba lo que nos pasaría unas horas después.

Pero empecemos por el principio.

Pongámonos en situación. Es jueves, día laborable en el que un servidor se levanta para ir a trabajar a eso de las 7 de la mañana. Ese día pedí unas horas libres para poder quedar con tiempo suficiente e ir de día, hacer fotos con luz y de paso también fotografiar el atardecer. Además, así tendríamos margen de maniobra ante algún posible imprevisto. Preparo mochila con el equipo, linternas y demás, un macuto con bastante ropa de abrigo (Los pozos se encuentran casi a 1500m de altitud), algún termo con comida caliente para media noche y alguna que otra cosa más.

Primero tocó pillar provisiones en el supermercado: Empanadillas, pizzas… Para, a eso de las 16.00, coger camino a la Sierra. Pasa algo curioso, y es que al ir desde Cartagena, la cara que se ve de Sierra Espuña es la que más horas de Sol recibe, por lo que la cantidad de nieve que se aprecia desde lejos no es demasiada.

Total, que empezamos a subir con el coche cuando… ¡Zasca! La primera en la frente: Habían cortado el acceso por carretera. Me entran los nervios y los sudores fríos. Un cartel próximo al corte nos revela que estamos a unos 8.2 kilómetros de la zona de los pozos. Palizón “inviable” para subir con el equipo y demás.

En ese momento cogemos el coche y retrocedemos en busca de cobertura para buscar una posible alternativa, aunque sin saber muy bien que hacer, ya que hay otro acceso por carretera, pero a una hora de camino, y tampoco sabíamos si estaría cortado o no, así que llamamos a los forestales en busca de buenas noticias… Que no nos dan. Ambos accesos cortados a unos 8 kilómetros de los pozos por placas de hielo, eso sí, nos aseguran que arriba hay nieve.

Llegados a este punto, cualquier persona en su sano juicio probablemente se iría en busca de un plan alternativo y se retiraría, pero teníamos entre ceja y ceja hacer una nocturna allí, lo que unido a nuestro ataque de inconsciencia hizo que, efectivamente, nos decidiésemos por subir los más de 8 kilómetros de carretera cargados con la mochila, trípode y un macuto lleno de “porsis” (Por si acaso me llevo esto, por si acaso me llevo lo otro).

Comienza la paliza.

Lo primero que decidimos es liberar el peso que sabíamos que no íbamos a necesitar. En mi caso, contando con las dos mochilas y la ‘cacho’ bolsa de deporte supondría el “asombroso” ahorro de cargar con un pequeño termo de leche con Cola Cao y un par de linternas del tamaño de la mano, una auténtica salvación no haber cargado con ese puñado de gramos sobre mis hombros (Nótese la ironía). Por contra, subí 900 metros de desnivel positivo y más de 8 kilómetros con abrigo que no usaría, baterías como para parar un tren y linternas para alumbrar toda la sierra. Ah, y un termo de un litro de crema de champiñones calentica y empanadillas, pizza y saladitos para un regimiento. Eso sí que no puede faltar, por favor!

Digamos que esta primera parte de la sesión transcurre entre charlas, alguna que otra risa, contracturas por toda la espalda y los cuádriceps duros como rocas. Efectivamente, van apareciendo placas de hielo y nieve a medida que subimos y va bajando la temperatura. Cada vez hay más nieve pero tampoco da la sensación de que sea la divina locura… ¡Ja!. Cuando estamos a falta de un par de kilómetros somos conscientes de que vamos a tener que lidiar con muchísima nieve, y yo particularmente soy consciente de que mis botas de media caña no van a ser lo suficientemente altas como para detener el avance de ésta hasta mis calcetines primero y mis pies después.

Llegamos al aparcamiento de los pozos y… Que espectáculo. Un manto blanco cubre toda la sierra y da la sensación de ser muy profundo. Además, la nieve está casi, casi virgen y muy limpia. Nos abrigamos (De una forma no demasiado profesional, por cierto) y cenamos. Más que por hambre yo creo que por cargar con la menor cantidad de empanadillas posible.

Pies a la nieve.

A modo de presagio, decir que nada más poner un pie en la nieve me fui al suelo e hice la croqueta para poder levantarme. Fue la primera de las 4 docenas de veces que me iría de culo, costado y de frente contra la nieve. También, dos pasos después, ya tenía ambos pies mojados, fríos y con lista de espera de la nieve queriendo para entrar por la bota. Me até dos bolsas de basura a modo de polainas, medida que a la postre no resultó ser demasiado efectiva, aunque vivir la ilusión de los pies secos fue bonito, por qué no decirlo.

En fin, que nos ponemos a caminar entre risas primero y casi lágrimas después con la nieve por las rodillas. La distancia que separa al pozo que nos dirigíamos desde donde habíamos cenado no será más de 500 metros. 500 metros de pesadilla y horror. A medio camino, incluso, tuve que decirle a Pablo de dejar los macutos de deporte tirados a un lado del “camino” para sufrir lo menos posible, nuestras espaldas, contusiones y contracturas lo agradecerían. Así lo hicimos y llegamos al pozo por fin.

La nieve estaba más o menos virgen salvo por una hilera de huellas que fuimos siguiendo y que nos estropeaban un poco la foto que queríamos, pero bueno, ya que nos ayudaron a llegar no nos quejaremos demasiado.

Comienzan las fotos.

Empezamos a trabajar la iluminación, muy complicada pese a la sencillez del esquema que quería en esta primera foto. Era una noche totalmente oscura, sin nada de Luna, por lo que había que iluminar sí o sí. Para ello intenté utilizar primero un foco led que me regalaron por Navidad pero que no me daba demasiadas facilidades al no controlarlo todavía. Tened en cuenta que la nieve refleja muchísimo la luz y que desplazarse por la escena es muy difícil al tener la nieve por las rodillas (Muchas, muchas caídas). Otro tema es que no podemos pasear libremente por la zona, ya que cada paso que demos quedará marcado en la nieve, y hay que tenerlo en cuenta para la foto que tenemos entre manos y las posteriores.

Al final, puse a Pablo a la izquierda de la imagen y apartado del encuadre con una linterna cálida para iluminar el árbol más pegado a él y la nieve más cercana a su posición, pero de una forma muy suave, para dar detalle a esas zonas y que no quedasen en sombras. Yo, mientras tanto, iluminé también con una pequeña linterna cálida y de forma trasera y lateral, los árboles traseros, el pozo en general y el resto de superficie. La intención con este esquema es levantar las texturas tanto de la nieve como del pozo en sí, pero sin romper la coherencia de ambas aportaciones de luz.

“Bajo cero”
Exif: Nikon D610 – f/2.8 – 30 segundos – ISO 1600 – 14 mm – Samyang 14 mm

Para la segunda foto de la noche me desplacé al lado contrario del pozo. A estas alturas de la noche el cansancio era ya importante, lo que, junto a lo limitado que estaba para moverme hizo que no pudiese trabajar la iluminación tanto como me hubiese gustado, pero antepuse llevarme la foto a casa a darme de cabezazos contra el foco. En esta ocasión como os digo sí que utilicé mi flamante artilugio de iluminación nuevo para toda la escena. Lo que hice fue subirme por una ladera y con la nieve por las rodillas, iluminar de forma igualmente lateral, intentando generar texturas y demás. Casualidad es que en ese momento se posaba sobre el pozo la vía láctea, aunque la parte menos visible de ésta por el momento del año en el que nos encontramos, pero que ayudó a completar la composición, añadiéndole un plus a ese cielo tan espectacular que nos ofrece siempre Sierra Espuña.

“Vuelta a los orígenes”
Exif: Nikon D610 – f/2.8 – 30 segundos – ISO 3200 – 14 mm – Samyang 14 mm

En ambas tomas, me decidí por usar tiempos de exposición cortos para lograr unas estrellas puntuales, por lo que hubo que abrir diafragma y aumentar ISO. Las dos imágenes, al igual que siempre en mis trabajos, carecen de edición y/o procesado posterior, me limito únicamente a revelar y ajustar parámetros como contraste, saturación, etc.

Lo peor estaba por venir.

Puede parecer que a partir de terminar la última de las fotos ya había acabado la sesión… Nada más lejos de la realidad. Primero hubo que subir la cuesta hasta el aparcamiento, de nuevo os recuerdo, con la nieve pos las rodillas, para luego volver a caminar otros 8 kilómetros y pico.

Llegamos a la carretera… Creíamos que no llegábamos, que dolor de todo y que cansancio. Tocaba comer algo y beber la crema calentica para recuperar fuerzas antes de emprender el camino hasta el coche. Recuerdo que, en ese momento, por mi cabeza pasaba que tardaríamos una hora y algo, hora y media a lo sumo, en llegar al coche. No sé por qué fallé de esa forma en mis cálculos. Habíamos tardado dos horas y diez minutos en subir hasta arriba y tardamos… Dos horas y diez minutos en bajar. De verdad, lo que os pueda contar se quedará corto. Llegué al coche roto por caminar con tanto peso y tan mal repartido, por la paliza de trabajar las fotos y por el madrugón que me había pegado esa mañana. Pero es que no acaba aquí. Eran aproximadamente las 4 de la madrugada cuando llegamos al coche y a las 7 me tenía que levantar para ir a trabajar. Me quería morir.

Finalmente llegué a casa a eso de las 6 menos 15, con el tiempo justo de tirar todos los bultos a una esquina de la habitación y de meterme en la cama para dormir una horita antes de que sonase el despertador.

Os aseguro que al día siguiente cuando cogí el coche, al levantar el pie del embrague me dolía hasta el cuello. Madre mía cuantas agujetas y que mal que pude acabar.

Eso sí, una sesión que recordaremos por los restos de los restos.

Os dejo con el vídeo que grabé que os pone en situación y os permite acompañarnos por esta sesión que he bautizado como “La nocturna más dura que he hecho en cinco años, sin duda”.

¿Quieres saber cómo vivió Pablo esta salida nocturna? Pásate por su blog y lee su entrada.

Y nada gente, muchas gracias por leerme y por estar ahí. Nos vemos en las redes, en el canal o en una siguiente entrada.

Un saludo!!

By | 2017-02-12T20:03:40+00:00 Domingo, 12 Febrero 2017|

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